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Juanjo Aristizabal: «Volvemos porque hay un proceso en marcha del que nos sentimos parte y queremos aportar»

EIPK-k abiatutako bide orriaren gauzatzearen baitan asko dira azken hilabeteotan euren jaioterrietara itzuli diren iheslariak. Juanjo Aristizabalek 30 urte eman ditu Euskal Herritik kanpo, deportatuta, Panaman lehenik eta Venezuelan gero. Orain, Euskal Herrira itzuli da konponbide prozesuan gure herriari ekarpena egiten jarraitzeko. Irakurri Gara egunkariak eginiko elkarrizketa

Gara egunkariak eginiko elkarrizketaJuanjo Aristizabal deportatua

Es uno de los más de sesenta ciudadanos vascos que fueron deportados por las autoridades francesas y españolas a terceros países en la década de los ochenta. Fue detenido en Ipar Euskal Herria en la primavera de 1984 y, tras conocer la cárcel y el confinamiento, fue enviado a Panamá, destino de otros siete compañeros suyos. En realidad, esta conversación comenzó en aquel país hace 25 años, en vísperas de la invasión estadounidense. «Tenemos el corazón en Euskadi, pero resistiremos donde sea necesario», decía entonces este vecino de Trintxerpe. Y ha cumplido. Ahora vuelve a su tierra en el marco del retorno anunciado el año pasado en Biarritz por el Colectivo de Exiliados Políticos Vascos (EIPK): «Es tiempo de volver a casa».

 

¿Después de treinta años de deportación, cómo ha sido la vuelta a Euskal Herria?

Ha sido un choque fuerte en lo personal porque han cambiado muchas cosas… pero hemos venido porque hay un proceso en marcha del que nos sentimos parte y queremos ayudar en todo lo que podamos. Nosotros pensábamos que primero saldrían los presos y que luego volveríamos los exiliados y los deportados… Sin embargo, en vista de que los gobiernos español y francés no están dispuestos a dar pasos, hemos decidido dar un paso adelante y poner nuestro granito de arena.

¿Qué país ha encontrado?

Me han llamado mucho la atención los cambios en infraestructuras: autopistas, etcétera. También que en la Euskal Herria que nosotros dejamos había una lucha obrera muy fuerte, con huelgas por motivos laborales, políticos… Hoy hay una crisis tremenda y parece que esas cosas han desaparecido; da la sensación de que el que tiene un puesto de trabajo es como si le hubiera tocado la lotería.

¿Cómo ha sido el reencuentro con la gente?

Muy bien. Estoy sorprendido del recibimiento que he tenido en todos los lados. Primero, durante la manifestación del 14 de junio en Baiona, con amplios sectores, tanto abertzales como del Estado francés, que apoyan este proceso. Para mí, personalmente, resultaba fuerte en el sentido de que había diputados de instituciones francesas que no tienen nada que ver con la izquierda abertzale o con los vascos…

¿Su retorno significa también un compromiso de contribuir al nuevo tiempo político ?

De eso no hay ninguna duda. Si hemos sido capaces de aguantar treinta años deportados ha sido porque tenemos un compromiso con el movimiento abertzale. Y ahora estamos aquí, dispuestos a aportar en lo que podamos. A eso hemos venido.

¿Quiere decir que la decisión de retornar es una continuación de esa actitud política que les ha hecho aguantar durante tantas décadas fuera de su país?

Sí, es una continuidad política. Y personalmente, dentro de mis capacidades físicas y mentales, estoy dispuesto a aportar lo que pueda.

¿Romper la deportación es una decisión estrictamente personal o es del conjunto de personas afectadas?

Es una decisión que adoptamos las personas que formamos el colectivo de exiliados y deportados. De donde yo estoy, en Venezuela, de momento hemos vuelto dos deportados y tengo conocimiento de que hay otros compañeros también deportados que ya tienen el pasaporte en la mano y están dispuestos a volver. Ocurre que esta decisión la hemos tomado hace escasos meses y hay quien tiene asuntos familiares y personales pendientes. Algunos vendrán, pero igual volverán a irse porque en treinta años han montado una familia en los países donde se encuentran… Tampoco todos los casos son iguales. Además, existen demandas de extradición.

¿Desactivar medidas de excepción como la deportación contribuiría a abrir vías de normalización en la sociedad vasca?

Sí. Incluso, pienso que la deportación debe ser evaluada como lo que es, una condena. Hoy en día se está hablando de que a los presos en el Estado español se les deben conmutar los años que han pasado en cárceles francesas. Para una persona que ha estado 30 años deportada, lo cual significa que no puede volver a su país de origen, eso también debería computar como años de condena cumplida.

El colectivo de exiliados y deportados ha hecho pública su voluntad de ser «sujetos activos para la resolución del conflicto». ¿Qué pueden aportar en ese sentido?

Estamos dispuestos a aportar en lo que sea posible, pero se tienen que dar las condiciones para volver a Euskal Herria.

En su propia experiencia vital, ustedes han conocido desde la guerra sucia a la tortura, la incomunicación, la deportación, la dispersión… Son testimonio viviente de lo ocurrido en las últimas décadas en Euskal Herria. ¿Los exiliados y deportados pueden ofrecer también sus experiencias en el denominado relato?

Yo pienso que sí. Hay compañeros deportados que fueron salvajemente torturados en Ecuador, por ejemplo. Y eso las autoridades españolas tienen que reconocerlo. También hay casi diez compañeros que han muerto en la deportación. Nosotros siempre estamos dispuestos a aguantar; si no, no estaríamos en los países donde estamos. Si hubiésemos aceptados unas medidas de las que no quiero recordar el nombre, igual esos compañeros estarían hoy paseando tranquilamente.

¿Se puede mirar al futuro sin ignorar el pasado?

Hay una frase que lo dice claro; aquí la han dicho algunos compañeros nuestros y en Venezuela la dijo nuestro estimado comandante Hugo Rafael Chávez: «Perdonar sí, pero olvidar no». Creo que eso hay que tenerlo siempre presente. Nosotros no podemos olvidar lo que ocasionó el BVE, ni el GAL, ni los fusilamientos del 36, ni un montón de cosas. Perdonar se puede perdonar, pero olvidar no.

¿Esa premisa puede ser un factor para la convivencia de sectores históricamente enfrentados? ¿O, por ejemplo, para las víctimas de ambos lados?

Yo pienso que, si hay voluntad por las dos partes, se puede llegar a esa situación. Lo que no puede ser es que una parte intente degradar personalmente a la otra. Conociendo las diferencias y que todo es resultado de un conflicto armado, que verdaderamente todo el mundo sabe que ha venido por unos planteamientos políticos, se puede llegar y se debe llegar. Hay ejemplos de otros países.

¿Tiene esperanza en el futuro?

Claro que tengo esperanza; si no, no habría vuelto aquí. Si no la tuviera, me habría quedado donde me mandaron hace treinta años. Tenemos esperanza, lo que pasa es que la cosa hay que pelearla todavía, hay que seguir organizados, aglutinar fuerzas políticamente, sin olvidar el norte… Siempre tenemos que tener el norte claro. Lo importante es llegar adonde queremos.

Más de 35 años lejos de casa… ¿Qué ha supuesto para usted ese periodo de su vida?

Ha sido muy importante comprobar que desde la familia, los amigos o la izquierda abertzale nunca nos han abandonado. Han sido el oxígeno… Nos deportaron para cortar el cordón umbilical que teníamos con Euskal Herria. Sin embargo, de una forma u otra, mejor o peor, siempre hemos mantenido el contacto y eso demuestra que los euskaldunes somos muy solidarios entre nosotros.

¿Qué es lo peor de la deportación?

El aislamiento. Algunos hemos tenido suerte y nuestra familia venía a vernos una vez al año… Ha habido otros compañeros que no han tenido esa oportunidad, y eso es muy duro… Otros han rehecho su vida en los países en que se encuentran…

La inseguridad jurídica y legal ha dado pie a situaciones humanas muy difíciles, por ejemplo, en lo referido al trabajo, la salud, la precariedad, la seguridad física, la permanente amenaza de ser detenidos y extraditados… ¿Cómo se vive eso?

Vuelvo atrás para poner un ejemplo: cuando estuvimos en Panamá, las autoridades nos ofrecieron pasaportes falsos para ir a Nicaragua… Nosotros no aceptamos; sabíamos que era un arma de doble filo: nos darían un pasaporte falso y nos podrían hacer desaparecer antes de llegar a Nicaragua o podrían decir que militantes vascos se escapan de Panamá… Sabíamos que no iban a decir la verdad.

Y a cosas de ese tipo se suman la falta de documentación, la dificultad para trabajar, la desatención sanitaria, la obligación de presentarse ante la Policía…

¿Temieron por su vida durante la invasión de Panamá en 1989?

Los cuatro deportados que estábamos juntos y mi compañera, que aquellos días estaba allá, nos refugiamos en la Nunciatura Apostólica, donde estaba el nuncio Josetxo Laboa, de Pasaia. Más adelante se hizo público que el general Noriega se encontraba también dentro con algunos compañeros. Hasta el día que se entregó, sí temimos por nuestra vida. El edificio estaba rodeado por el Ejército de EEUU. A la noche no nos dejaban dormir; nos ponían unos altavoces altísimos. Desde dentro de la Nunciatura veíamos los puntos rojos de los fusiles de mira telescópica que nos apuntaban… Fue muy duro.

Tras ello fueron deportados a Venezuela. ¿Cómo ha transcurrido su vida allá?

En Venezuela ya estaba el grupo de deportados de Argel, que nos dio cobijo. Al cabo de un tiempo, algunos conseguimos un trabajo y comenzamos a hacer una vida más o menos normal. Desde entonces y hasta 2012 nos hemos presentado mensualmente en la Policía.

¿La victoria electoral de la revolución bolivariana contribuyó a mejorar su situación jurídica y personal en el país?

Sí, porque una vez que llegó Chávez a la presidencia comenzó un proceso constituyente y se reformaron leyes, entre ellas la que da acceso a la nacionalidad venezolana a los extranjeros que cumplen ciertos requisitos. Nosotros, que llevábamos diez u once años, empezamos a tramitarla y algunos hemos podido acceder a la nacionalidad venezolana y cumplimos con nuestros compromisos. Venezuela da posibilidad de trabajar a quien quiere trabajar.